“Pensar es propio del hombre como tal”, afirma Gramsci al final de una de las entradas de sus cuadernos. “y los filósofos especialistas” -trabajador cualificado, aunque no sea exacto como diría él, yo los nombraría profesionales del pensamiento – “se acercan más a los demás hombres de lo que hacen los demás”, refiriéndose a los especialistas de otras profesiones, por la misma materia de trabajo de la filosofía: los pensamientos. Por eso todos podemos pensar acerca de nuestra realidad, y cuestionarla: buscar mejores formas de existir en ella. Esa búsqueda nos lleva a contrastar lo que logramos explicarnos a través de nuestra propia reflexión, contra lo que se nos dice o se nos impone. Esta tensión resultante entre lo que vemos y entendemos, y las consideraciones que los demás tienen para lo que cuestionamos, y las conclusiones a las que llegamos, individualmente o dialogando, forman nuestras opiniones, nuestra personalidad y, por tanto, una cosmovisión propia.
Ese ejercicio, aunque personal, está a la mano de todo el mundo… tal vez ahí consiste la dificultad de poder juzgar la forma que pensamos de manera objetiva, pues se partiría de que como lo hemos logrado es la mejor manera de hacerlo – para sí mismo es innegable, nadie quiere pensar mediocremente para uno mismo. Gramsci que señala que “entre los filósofos profesionales o ‘técnicos’ y los demás hombres no hay diferencia ‘cualitativa’ sino ‘cuantitativa’” y que “es necesario destruir el prejuicio de que la filosofía es una actividad muy difícil”. Sin embargo, como en otros aspectos de la vida, como el deporte, por poner un ejemplo, hay quien de manera natural corre más rápido que otro. Más adelante Gramsci dice que el profesional “’piensa’ no solo con mayor rigor lógico, con mayor coherencia, con mayor espíritu de sistema… además conoce toda la historia del pensamiento… sabe dar razones y explicar el proceso del desarrollo del pensamiento hasta el momento actual”. ¿Por qué no aceptar que, aunque reflexionar esté al alcance de todos, como correr, no excluye que alguien lo quiera hacer con mayor rigor, incluso hacerlo profesionalmente, y de ello lograr un modo de vida?
Aspirantes a profesionales del pensamiento
Parte de a lo que Gramsci quiere convocar es que esos aspirantes a profesionales del pensamiento, como de cualquier otro oficio, no tendrían por qué separar su actividad, aunque en el caso del área del pensamiento, forzosamente abstracta, con su utilidad para la sociedad en la que participan. Aquí es la labor del pensador profesional de poner al servicio de la sociedad sus talentos, y buscar, a través de su tarea, una mayor tensión entre las reflexiones a las que se arriban, contra el estado de cómo se explican las cosas, que seguro hay brechas y bastante que dialogar entre ambos.
Aquí Gramsci nuevamente menciona que este cuestionamiento de las relaciones del pensador profesional –él ya le llama filósofo- con su entorno no puede dejar de ser político, puesto que es el individuo el agente modificante de ese entorno, y el primer paso para lograrlo es esa reflexión: el pensador profesional se convierte en ideador de cambios.
Esto no es bienvenido por los involucrados —tanto afectados, pues contraviene sus intereses actuales, como a los beneficiados, pues evidencia, entre otras cosas, su apatía, la falta de voluntad para lograr esos cambios, y no es un espejo en el que quieran verse— y puede frustrar tanto a ambos lados, como al al pensador, pues sería difícil sobrellevar las tensiones resultantes del descubrimiento de estas fisuras entre lo que se propuso y lo que existe, y no sería grato no ver materializados el cierre de algunas diferencias..
“No se puede separar la filosofía de la política, es más, se puede demostrar que la elección y la crítica de una concepción del mundo es ya en sí misma un acto político” menciona más adelante. El profesional del pensamiento de manera resultante tendrá que posicionarse de una manera política frente a sus semejantes, y ese posicionamiento tendrá efectos –y consecuencias- en esas relaciones con los demás, pero
“¿es preferible pensar sin tener conciencia crítica, de modo disperso y ocasional, participar de una concepción del mundo impuesta mecánicamente por el ambiente externo, por uno de los diversos grupos sociales en los que cada uno está automáticamente involucrado desde su entrada en el mundo consciente?”
Vivir a través del pensamiento crítico
Uno de los resultados de este pensamiento crítico, y las ponderaciones que se logran, es que no se pueden ignorar u olvidar, a riesgo de ser falso con su propio pensamiento, y caer en el autoengaño. No hay más camino en este punto, que el de buscar la transformación de la realidad, o la resignación, pero esta última, nuevamente, resultará más incómoda -como mencioné anteriormente- con nuestra propia consciencia, que el buscar el cambio mismo. Pero que se ilumine una brecha entre reflexión y realidad, y que resulte en incomodidad para una comunidad, no significa que el iluminador tenga que: 1 plantear como cerrar esa brecha, 2, instrumentar y dar seguimiento para su cierre. Tal vez aquí uno de los reproches a los filósofos actuales –pues tengo entendido que algunos filósofos de la antigüedad si buscaban la participación política en sus sociedades- que no desean acaudillar el cambio, ni menos dar seguimiento a las acciones concretas para lograrlo. Limitar su labor a dirigir el foco a lo que se necesita cambiar parece bastarles a muchos de los actuales profesionales del pensamiento. Como en una sociedad de alta especialización, esto es comprensible, y deja a alguien más que abandere alguna causa y transformar en acción política lo que con mejores elementos, y mayor rigor alguien haya delineado. Dicen que detrás de un gran líder hay un buen administrador de proyectos.
¿Qué papel queremos desempeñar en la sociedad en la que nos desenvolvemos como filósofos entonces? El estudio de la filosofía nos vuelve militantes de la transformación de nuestro entorno al hacerlo pasar por un enfoque crítico, y que no se conforma con dogmas. ¿Nos acotamos con solamente señalar las inconsistencias antes mencionadas, y lo tercerizamos a otros profesionales especializados en lograr cosas, o nos comprometemos a señalar la ruta para resolverlas, y encabezar y asegurarnos de conseguirlo? El estado actual de las cosas ya nos incomoda en estos momentos, no podemos ignorarlos a riesgo del autoengaño. No se puede desver, dirían hoy en día.
Del conformismo a la acción política
Gramsci señala que “hay que destacar como el fatalismo” y yo añadiría, el conformismo “no es más que un revestimiento de debilidad en una voluntad activa y real”. Con esto, la responsabilidad social del filósofo no solo es proponer sus tesis y esperar a que alguien las ponga en práctica, sino al menos, efectivamente difundirlas para que se conozcan, y se convierta en el nuevo “sentido común de un ambiente, por pequeño que sea… porque está unida a la vida práctica e implícita en ella”.
Propone Gramsci “El individuo puede asociarse con todos aquellos que quieren el mismo cambio, y si este cambio es racional, el individuo puede multiplicarse un número considerable de veces y obtener un cambio más radical de lo que a primera vista puede parecer posible”. Aquí la receta de cómo llevar a la praxis lo que con mucho esfuerzo por parte del filósofo ya obtuvo, y que pasa necesariamente por el activismo -político, no existe de otro tipo- al menos para difusión de sus pensamientos. Diría San Francisco que “es empezar a hacer lo necesario, para después hacer lo posible” y con ello intentar lograr resultados concretos que nos lleven a una realidad diferente –idealmente mejor. Entonces, la medida de separación y de éxito entre los profesionales del pensamiento y los demás, pasa por el logro de concretar sus reflexiones en la vida cotidiana, y con ello se abre todo un mundo de requisitos de nuevas habilidades y competencias que históricamente siempre se han demandado éstos –recordando que Gramsci escribió esto en el primero cuarto del siglo XX y la increpación hacia los filósofos de extender los alcances de su profesión para que se haga “políticamente posible un progreso intelectual de masa y no solo de exiguos grupos de intelectuales” ya estaba ahí.
Fuentes
Gramsci, A. (2022a). La hegemonía de los excluidos. Materiales para una vida auténtica. Cuaderno 10, entrada 52 y 54, Cuaderno 11, entrada 12 y 13.
Edición de Álvaro Otero. Biblioteca Nueva. Barcelona.
Popper, K. (1959). The Logic of Scientific Discovery. Routledge.






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